miércoles, 27 de abril de 2011

Ortega y Gasset, II: perspectivismo,

     La filosofía de Ortega y Gasset puede clasificarse, según su evolución, en dos etapas: el perspectivismo, que desarrolla entre 1910 y 1923, y el raciovitalismo y raciohistoricismo, que desarrolla desde 1923 en adelante. No se trata de filosofías distintas, sino de evolución y desarrollo del mismo proyecto filosófico: un proyecto orientado al desarrollo de la realidad española a través del pensamiento y la cultura, en cuanto la realidad española es su propia circunstancia. Ese proyecto se cristaliza en su célebre cita: yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.

PERSPECTIVISMO


     Sus estudios de la filosofía neokantiana le llevaron al conocimiento del idealismo, pero no a su aceptación. Ortega comienza su filosofía como una crítica al idealismo, que dejaba al hombre encerrado en su propia conciencia, en su propio pensamiento; pero no se puede caer en el viejo realismo, al que el propio Ortega califica de "ingenuo". Después de Descartes, no podemos rechazar sin más los planteamientos de la duda metódica y volver a aceptar sin más, acríticamente, la existencia del mundo exterior. Por ello, esta crítica se convertirá en una superación de la oposición idealismo/realismo. La solución de Ortega parte de que el sujeto no es el eje en torno al cual gira la realidad, como postula el idealismo, ni un trozo de realidad, como entiende el realismo. Sujeto y objeto no pueden separarse. La realidad última no es una sustancia, es perspectiva.

Idealismo y realismo.
     El realismo es una actitud más que una tesis, en que se supone que lo real son las cosas, donde “ser real” significa ser por sí mismo, independientemente de mí (es la actitud cotidiana ante el mundo).
     Esta postura, dominante durante 22 siglos, es acusada de ingenuidad, y desde Descartes a Husserl se la ha intentado corregir. Descartes descubrió que las cosas no son seguras: el sueño y la alucinación me muestran como verdaderas cosas que no lo son. Por otro lado, sólo sé de las cosas mientras estoy presente, mientras soy testigo de ellas. Las cosas solas, independientes de mí, me son desconocidas. Así pues, se concluyó que la sustancia fundamental es el sujeto (res cogitans de Descartes, "conciencia pura" de Husserl).
     Ortega se va a oponer a este idealismo.

Superación de la dicotomía entre el yo y las cosas.

     El idealismo tiene razón al decir que no puedo saber de las cosas más que en cuanto estoy presente, y que las cosas, por tanto, no son independientes de mí. Pero se equivoca al hablar de la independencia del sujeto: no puedo hablar de cosas sin yo, pero tampoco de yo sin cosas; yo no me encuentro nunca solo, sino siempre con las cosas. Necesito de ellas tanto como ellas de mí para ser. El yo no es una mera conciencia, sino un sujeto activo que interviene en el mundo. El hombre está en el mundo, es acción.
     Así pues, resulta que el ser del mundo no es alma ni materia, ni cosa alguna determinada; va a ser perspectiva.
“La realidad, precisamente por serlo y hallarse fuera de nuestras mentes individuales, sólo puede llegar a estar multiplicándose en mil caras o haces”.
     La perspectiva es una condición gnoseológica de lo real: la única forma de relacionarse el sujeto con el objeto–es decir, la única forma de conocer– es multiplicando las perspectivas y asumiendo esa irreductible multiplicidad. Podemos aplicarlo al mero conocimiento de un objeto: no podemos verlo en su realidad última -no podemos ver su tridimensionalidad, su interior y todas sus caras o planos a la vez-, pero el sentido de esta explicación del conocimiento como perspectiva va más lejos: es un alegato contra el provinciamismo, contra la creencia de que mi modo de ver el mundo es el modo de ver el mundo, el modo en que el mundo es. Sólo podemos aproximarnos a lo que es realmente el mundo multiplicando nuestras perspectivas sobre él: adquiriendo cultura, viajando, escuchando los puntos de vista de otros pueblos y otras gentes.
     Cada persona constituye una determinada perspectiva, y esta perspectiva se encuentra ineludiblemente emparentada con una determinada circunstancia: esta circunstancia es nuestra propia peculiaridad dentro del mundo: somos esencialmente circunstanciales. En mi circunstancia yo trabajo y elaboro mi vida.
     Por todo esto decimos que la realidad radical es la del yo con las cosas:
“YO SOY YO Y MI CIRCUNSTANCIA”
     Circunstancia es todo lo que no soy yo, incluso mi cuerpo y mi psique: puedo no estar contento con mi aspecto o mi carácter.
     El primer "yo" es el ser vivo, el ser haciéndose con las cosas. No es cosa sino actividad. Ése es el que constituye la realidad radical.

     El segundo "yo" hace referencia al punto de vista, la perspectiva desde la que se ven las cosas, el “punto de fuga”. No existe un “yo” incondicional, es sólo un componente de la realidad radical que es la vida.
    Esta idea (yo soy yo y mi circunstancia) es la piedra angular de su metafísica y de su teoría del conocimiento
     De su metafísica, porque el yo y las cosas no son elementos separables en principio, que se encuentren juntos por azar, sino que la realidad radical (de raíz, como principio último) es ese quehacer del yo con las cosas que llamamos vida. Lo que tenemos ya no son “cosas” (res cogitans o res extensa), sino actividad: vivir es tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él. Mi vida se hace con la circunstancia. El hombre está condenado a ser libre, a hacer cosas. Ni las cosas se dan aisladas ni hay un yo incondicional: hay un yo entre las cosas. El sujeto no es abstracto, sino concreto: es una vida.
     De su teoría del conocimiento, porque la realidad sólo puede mirarse desde el lugar que cada cual ocupa y del mismo modo que no se puede inventar la realidad, tampoco puede fingirse el punto de vista. La perspectiva no sólo no es una deformación de la realidad, sino que es su organización.
     Esto determina el papel de la cultura en la vida: frente a los axiomas de los distintos vitalismos, se puede objetar que la vida no es puramente impulso o instinto, no se reduce a lo biológico; la cultura forma parte de la vida; los valores culturales son funciones vitales que obedecen a leyes objetivas. Hay, por tanto, una continuidad entre lo "vital" y lo "transvital o cultural". La cultura se forja con la razón, y la razón es una función de la vida. No puede desligarse de ella, está inmersa en ella (frente a la concepción de la razón pura): es una razón vital.

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