domingo, 1 de noviembre de 2009

LOS MOTORES DE LA CONDUCTA HUMANA. REFLEXIÓN RACIONAL Y VOLUNTAD

REFLEXIÓN RACIONAL Y VOLUNTAD


Razón

Una de las principales acepciones del término “razón” la define como facultad de discurrir. Por esta facultad se ha distinguido al hombre del resto de los animales, si bien en su formulación primigenia, la cualidad específica del hombre era el lógos, un término cuyo significado abarca connotaciones distintas a las actuales (abarca las acepciones de la capacidad de discurrir y los términos con que se expresa la comprensión del mundo: el lenguaje). En relación a la conducta humana, lo que aquí nos interesa en principio es que esta facultad analiza y esclarece las causas y sopesa las consecuencias de seguir cualquiera de los factores que determinan nuestra conducta (impulsos, deseos, intereses, sentimientos, valores...) intentando ordenarlos y compatibilizarlos. En este aspecto podemos sin más identificarla con la que Kant denominó “el uso práctico de la razón” (en contraposición a su uso teórico).
La razón o reflexión, entendida como lógos (recuérdese el significado de día-lógos), es el vehículo de comunicación entre todos los hombres y la herramienta universal para alcanzar la justicia, eliminar ambigüedades lingüísticas y falsas creencias (doxopatologías) que empañan y contaminan la convivencia social.

Breve recorrido por su significado
Platón distinguirá tres naturalezas condicionantes de la conducta o tres partes del alma: la irascible (se refiere al ánimo,el ímpetu, la visceralidad), la concupiscible o apetitiva (los deseos del cuerpo) y la racional. Ésta última debe dominar y controlar las otras: en su mito del carro alado ha de ser el auriga. Aristóteles define el logos como el tipo de alma específica del hombre, pero en lo referente a la acción existen en griego otro término para aludir a esta “inteligencia práctica”: la sophrosine o prudencia. En la Edad Media destaca el debate que la contrasta con la fe, mientras que en la Edad Moderna se centran en su oposición a la experiencia, en cuya relación se centrará buena parte de la filosofía de Kant. De este autor cabe destacar que considera la razón como la fuente del conocimiento ético: es ella quien nos dice lo que está bien o mal, en oposición al “emotivismo moral” de Hume, consecuencia de su empirismo. Ya en la Edad Contemporánea su estudio ha dado lugar al idealismo alemán, el raciovitalismo de Ortega… Y en el aspecto ético se ha intentado explicar el conocimiento de los valores a partir de otras fuentes o facultades (véase Scheler).Una de las principales acepciones del término “razón” la define como facultad de discurrir. Por esta facultad se ha distinguido al hombre del resto de los animales, si bien en su formulación primigenia, la cualidad específica del hombre era el lógos, un término cuyo significado abarca connotaciones distintas a las actuales (abarca las acepciones de la capacidad de discurrir y los términos con que se expresa la comprensión del mundo: el lenguaje). En relación a la conducta humana, lo que aquí nos interesa en principio es que esta facultad analiza y esclarece las causas y sopesa las consecuencias de seguir cualquiera de los factores que determinan nuestra conducta (impulsos, deseos, intereses, sentimientos, valores...) intentando ordenarlos y compatibilizarlos. En este aspecto podemos sin más identificarla con la que Kant denominó “el uso práctico de la razón” (en contraposición a su uso teórico).


Voluntad
El vocablo deriva del latín voluntas-atis < volo = querer. El DRAE la define como potencia del alma que mueve a hacer o no hacer una cosa. Pero este concepto ha sido tratado desde diversas perspectivas y con distintos significados. Aquí vamos a centrarnos en aquél que lo distingue de los deseos y que hace referencia a la intencionalidad moral.
Si partimos de la búsqueda de la autenticidad individual, del yo íntimo (el yo trascendental kantiano) este término haría alusión a lo que el individuo quiere por encima de todo; es algo a menudo desconocido, ya que los deseos nos marcan falsas expectativas, en cuanto están sometidos a las circunstancias del momento concreto en que vivimos (recordemos que el deseo es contextual: aquí y ahora quiero algo). En este sentido, podríamos decir que constituye el punto máximo de individualización, siendo por ello lo más indefinible.
Para entender la distinción entre voluntad y deseo (ambos son querencias de algo), pensemos en cualquier cosa que a veces nos privamos de hacer, aunque nos apetezca, por satisfacer una querencia mayor: quiero salir pero me quedo a estudiar, no me gusta una medicina pero me esfuerzo y la tomo para curarme… Voluntad y deseo pueden entrar en conflicto. Se ve muy claro en el caso de las adiciones: alguien puede querer superar una adición (pongamos que desea fumar), para lo cual tendrá que hacer un esfuerzo de voluntad. Lo expresamos muy claramente cuando hablamos de tener “fuerza de voluntad”.
Conocerse a uno mismo significa superar los impulsos (se ciñen a la naturaleza meramente biológica) y los deseos (limitados a lo temporal, a un momento determinado más o menos amplio, y condicionados por la sociedad, tanto en cuanto que los crea como que nos impulsa a crear una imagen de nosotros mismo que la satisfaga, para insertarnos en ella; bien lo sabe la publicidad), por lo que la voluntad se ayuda de la reflexión (lógos).
Papeles destacables de la voluntad en la filosofía
Nietzsche definirá al hombre como voluntad de poder, haciendo así de ésta la raíz de la naturaleza última del ser humano. Kant anteriormente había identificado la buena voluntad con la obediencia a la razón, única autoridad que nos hace verdaderamente autónomos.

Paradojas para pensar un poco
Conocerse a uno mismo tendría relación con conocer la voluntad interna, que a veces se ve empañada por los deseos e incluso por las expectativas de otros. Pero, ¿qué somos nosotros mismos? Podemos, en principio, identificarnos con nuestro cuerpo; enseñamos nuestro retrato y decimos “este soy yo”. Pero, ¿es posible que no nos guste nuestro cuerpo? Obviamente pasa a menudo. Si el cuerpo es el objeto juzgado, ¿quién es el sujeto que juzga? Podemos contestar que “el alma”. Pero es también difícil entender qué es eso. ¿Nuestro carácter, por ejemplo? ¿No es también posible que no nos guste? A veces rechazamos ser tan tímidos, o tan irascibles, o tan perezosos… ¿qué es la autoestima? ¿Quién estima y qué es estimado? Hemos hablado de rasgos de carácter, quizá podríamos apelar a la inteligencia racional. Pero, en un principio, eso nos iguala a todos en lo que se puede conocer. Y, en cualquier caso, ¿no puede ocurrir también que quisiéramos tener más inteligencia, o más talento para algo de los que carecemos (para los números, la música, el trato social…? Pensemos en la pregunta ¿Qué es el yo? ¿Es una cuestión metafísica o una trampa del lenguaje?...

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